Mostrando las entradas con la etiqueta MENSAJES A LA CONCIENCIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta MENSAJES A LA CONCIENCIA. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de marzo de 2007

VINO, MUJERES Y CANTO

por el Hermano Pablo

Su vida, desde su juventud, había transcurrido, como reza la opereta de Strauss, entre «vino, mujeres y canto». Le encantaba la vida alegre y todo lo que tuviera buen gusto. Había acumulado en su casa una bodega de los mejores vinos europeos, franceses, alemanes, españoles e italianos. Y había acumulado también muchas novias y muchas canciones.

Sin embargo, después de veintisiete años de matrimonio, cuando Peter Graham, magnate inglés, se divorció de su esposa Sarah, ella se vengó de él de un modo muy extraño. Saqueó la bodega de Graham, repartiendo cientos de botellas en todas las casas del pueblo. Le representó una pérdida de 35 mil dólares. «Es mi venganza —explicó Sarah—. Podrá tener mujeres y canto, pero no tendrá más vino.»

Esto nos lleva a tres reflexiones en particular. La primera es que la canción «Vino, mujeres y canto» pueda que suene muy linda en la opereta de Strauss, pero en el diario vivir nunca produce efectos sanos. Ni beber vino en exceso es bueno, ni es bueno tener más de una mujer ni pasarse la vida cantando. Porque no es bueno nada que se hace en exceso y fuera de la moral divina.

La segunda reflexión es que divorciarse de la esposa porque sí, porque ya se ha puesto vieja y hay muchas muchachas jóvenes al alcance, no sólo revela una mente raquítica, sino que es una perversidad. Según el plan y la voluntad del Autor de la vida, los casados deben permanecer unidos para siempre. «Hasta que la muerte los separe» es el voto que generalmente se han hecho.

La tercera reflexión es que ninguna venganza es buena. La venganza nunca trae satisfacción permanente, nunca produce felicidad, nunca enaltece el alma y nunca purifica el espíritu. La venganza, cualquier venganza, como engendro de Satanás que es, produce sólo deterioro, injuria y destrucción.

¿Cómo podemos librarnos de estas emociones que nos embargan? Si la venganza destruye, ¿cómo podemos librarnos de ella? Cuando sometemos nuestra voluntad a Cristo, Él nos da una vida nueva, vida que, por ser la de Cristo implantada en nuestra alma, es pura, honesta y santa. Y comenzamos a sentir sus efectos de inmediato.

En esta vida nueva no hay descuidos morales. No hay excesos que dañan. No hay odio ni resentimiento ni venganza que destruye. Sólo hay virtudes, sentimientos sanos y una nueva fe. Con Cristo cada uno es una nueva persona, digna, limpia, recta y justa. Por eso, por nuestro propio bien, no hay nada que más nos convenga que someternos al señorío de Cristo.

lunes, 19 de marzo de 2007

NO BASTA SER BUENO



Publio Clodio Pulcro, uno de los caudillos de la última república romana, estaba perdidamente enamorado de Pompeya, la esposa del Cónsul Máximo. Al no hallar otro medio para acercarse a ella, recurrió a la treta de disfrazarse de mujer y asistir así, en casa del César, a la fiesta de la Diosa Buena, donde no podían entrar los hombres. Con todo, el enamorado galán fue descubierto, pero logró escapar. Cuando el César se enteró de lo sucedido, decidió no acusar a Pompeya de complicidad, como si ella de antemano supiera del asunto, sino repudiarla con palabras que habrían de hacerse proverbiales. «A la mujer del César —dijo— no le basta ser honrada, sino que además tiene que parecerlo.» De allí el refrán que dice: «No basta ser bueno, sino parecerlo.»

Esta anécdota de la insigne pluma del historiador Plutarco nos da a entender que se puede ser bueno y parecer malo, o ser malo y parecer bueno. Es decir, vale más lo que se percibe, que la realidad misma. Las impresiones que damos son tan poderosas que debemos tener sumo cuidado con ellas.

En cambio, a Dios nunca le han preocupado las apariencias porque conoce hasta las intenciones de nuestro corazón. Aquel que nos creó con esta naturaleza humana jamás ha necesitado investigar nuestro carácter ni examinar nuestros antecedentes penales. Jamás ha perdido el tiempo dudando de nuestra sinceridad ni percibiendo lo que no es, porque Él siempre percibe lo que es. ¡Él sólo percibe las cosas como son en realidad! Nos conoce al derecho y al revés. Él sabe si de veras somos buenos. Es más, sabe que no hay nadie bueno de por sí.

A un joven rico que lo trata de bueno, Jesús le pregunta por qué lo llama bueno, y además le dice que nadie es bueno sino sólo Dios. Lo que hace falta es abandonar toda noción de bondad personal y de riqueza propia. Sólo así se puede seguir a Cristo y contagiarse de la bondad divina. Es decir, no hay nadie lo bastante bueno como para merecer la entrada al cielo. Por eso Dios nos concedió a todos entrar de la misma manera: mediante su bondad infinita, por la que dio su vida por el mundo pecador. Basta con que nos apropiemos de ese acto de bondad suprema con que nos salva. Así jamás tendremos que volver a preocuparnos por parecer buenos, porque sabremos que lo somos sólo por los méritos de Cristo, el Único que es bueno por naturaleza.


FUENTE: www.conciencia.net
AUTOR: Carlos Reyes

martes, 6 de marzo de 2007

SEISCIENTOS SESENTA Y SEIS


Ocurrió en la sección aristocrática de una de las áreas prósperas del sur de California. El número de la casa era el 600 de la calle Arroyo. La hora del suceso: las doce de la noche. Dentro de la casa había seis adolescentes: tres muchachas y tres jóvenes, todos ellos hijos de familias pudientes, y todos estudiantes.
De pronto se armó un tiroteo entre ellos. Las tres niñas cayeron al suelo con heridas mortales en la cabeza. Los tres jóvenes huyeron despavoridos. Una sola pista tuvo la policía: en la casa había sesenta latas vacías de cerveza.
Lo triste del caso es que los seis jóvenes eran amigos, sin ninguna rivalidad, ningunos celos, ningún odio. ¿Por qué entonces ocurrió la matanza? La conclusión era evidente: lo declaraban las sesenta latas vacías de cerveza.
Sin querer, se formó en esta historia policial el célebre número bíblico 666. El número de la casa era 600. Sesenta latas vacías de cerveza daban cuenta de la actividad. Y eran 6 los jóvenes involucrados en la revuelta.
Según algunos intérpretes bíblicos el 666 es el número de la bestia apocalíptica. Dicen ellos que se refiere al gran sistema humano mundial compuesto de religión, cultura, ciencia, filosofía, e ingeniería genética y social, y que propone negar la soberanía de Dios, hacer caso omiso de sus leyes morales, y desmentir su influencia sobre la humanidad.
En este caso de Pasadena, California, podemos decir que la bestia que se puso en juego, sin necesidad del número 666, fue la bestia antigua que dormita debajo de una capa de civilización, cultura y buenos modales.
En pocas palabras, se trata de la bestia del pecado escondida debajo de una pátina de aparente refinamiento, lista para estallar dondequiera que halle el primer ambiente propicio, como por ejemplo muchachos sin ambición, música rock, sexo libre, y sesenta latas de cerveza.
¿Cuándo habremos de reconocer que la gran mayoría de las tragedias de la vida las provocan las demandas perversas de nuestro propio corazón? El profeta Jeremías lo expresó con autoridad divina: «Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?» (Jeremías 17:9).
¿Hay algo que podemos hacer para evitar tales tragedias? Sí, podemos pedirle a Dios un cambio de corazón. Cuando permitimos que Cristo sea nuestro Señor y Dios, algo grandioso ocurre en nuestra vida. Él nos da un nuevo corazón. Busquemos, en humildad, la gracia de Cristo. Él nos está esperando.

Autor: Hermano Pablo